Días eternos esperando, imaginando, previendo cómo sería encontrarse, especulando, temiendo que nunca suceda. Hasta que de pronto la ves aparecer en la puerta de este auditorio, saludando gente, sonriendo, y parece una película, su imagen se desplaza en cámara lenta y no entendés cómo cada gesto se presenta en primer plano, cómo el viento le mueve el pelo si ni siquiera corre una brisa. Querés, deseás, rogás poder actuar relajado, pero es una lucha imposible entre los nervios, el sudor frío, las manos que transpiran, los pies que no paran, la repentina incomodidad del asiento, el torbellino de la mente que vaga errante por pensamientos idiotas.
¿Qué hago? ¿Me acerco a saludar o me hago el tonto? De pronto, no quiero que todo el mundo se dé cuenta. ¿Qué le digo, cómo logro que me vea, que me reconozca y que nuestras miradas encuentren un punto posible de complicidad? Pienso que esto debería ser más sencillo, pero no puedo negar cierta belleza embriagante en la intensidad del momento. Torpemente, intento acercarme, simular la casualidad de un choque, de un intercambio fortuito. La miro fijo, ella me mira, pero no pasa nada, no hay conexión. Busco raudo un lugar para sentarme, quiero evitar la sensación de una inesperada desinteligencia. La conferencia ya empezó y ahí estás, sentada dos filas más adelante, no quiero ser tan obvio de escribirte, y elijo esperar. Trato de escuchar o hago el acto de estar escuchando, mientras busco todas las formas de no perderte de vista, saber dónde estás, y quizás poder hallarte así en este enredo existencial. Te levantas y te vas más lejos, ajusto coordenadas, quiero creer por tu mirada gacha, por tus movimientos tensos, que vos también estás nerviosa. Y que ya te diste cuenta de todo.
Estoy esperando el milagro cuando me escribís, "ey, ¿eras vos?", y empiezo a sonreír, hasta el alma me sonríe, y hablamos, hacemos bromas sobre la situación. Sólo nosotros sabemos de esto, y por eso, de pronto, esta relación se ha convertido, casi sin quererlo, en nuestro pequeño gran secreto, en un propio pero limitado mundo lleno de palabras. Te digo un par de pavadas como siempre, pero se me ocurre que debo hacer algo. Finjo una rara necesidad de ir al baño y paso detrás tuyo sin mirar. En el lavatorio diseño la estrategia del regreso en la que decido tocarte suavemente para que te mueras de vergüenza. Te escribo: "no tengas vergüenza". "Me dio vergüenza", respondes. Yo estoy a la vez siendo atacado por un rubor inocultable, pero mejor no digo nada.
La conferencia termina, algunos en el auditorio hacen preguntas, pero nosotros no, nosotros estamos juntos, por primera vez, fumando un pucho en el patio. Sí, bajo el frío helado de agosto, nosotros estamos fumando un pucho, juntos. Y yo que casi no fumo, te acompaño igual. En esos instantes, trato de estar tranquilo, de no decir ninguna cosa fuera de lugar, de mantenerme entero, y ahora, a la mañana siguiente, siento que vivo un sueño interminable. Mensaje: "fue lindo". Respuesta: "sí, muy natural". Mensaje: "que estés bien". Respuesta: "vos también".
Yo de pronto siento que sí, que estaré bien, todo el día, ojalá, todos los días.
Ago 17
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